viernes, 17 de mayo de 2013

Voces consejeras





Dios lo quiso así.
Mejor ahora que más adelante.
Tenés que ser fuerte.
Leer la Biblia te hará bien.
Tenés que pensar que fue lo mejor.
El próximo (embarazo?) será.
Hay cosas mil veces peores.
No preguntes porqué si no para qué.
Hay que ir al centro del dolor.
Está en un lugar mejor.
Ahora tenés un ángel que te cuida.
Tenés que estar bien.
Tenés que llorar.
Yo en tu lugar haría… (!!)
El trabajo, estudio, actividad, etc, te hará bien.
Tenés que hacer terapia.
Tenés que recordar.
Mejor no pienses.
Tenés que distraerte.
Sos joven (??)
Yo te entiendo. Cuando se murió mi mamá… mi gato…cuando me separé…
Tenés que hablarle, sentirla, soñarla.
La vida te va a compensar.
Dios sabe lo que hace.
Todas las embarazadas deberían estar preparadas para esto.
Era algo que ya habían convenido las almas.
Por algo será.
Vos sos fuerte.
Te veo bien.



    Independientemente del dolor y la confusión que pueden producir muchos de estos dichos, me sorprendió sobre todo la seguridad con que fueron expresados. Todas fueron afirmaciones, no hubo un “yo creo”, “yo deseo”, o un (para mí ahora muy respetado) “no lo sé”. Parecía como si tuviesen la certeza que era así, de esa manera, a pesar de no haber vivido la muerte de un hijo, todas las personas sabían exactamente que había que hacer y que respuesta dar.

    Parecía que no había duda, todos (menos yo) encontraron rápidamente (demasiado rápidamente) una respuesta, un camino a seguir, una solución (como si la muerte de un hijo fuese un problema a resolver!). 
    
    Y creo que sí, un problema había… el problema de que no queremos enfrentarnos a algo tan doloroso, que creemos que lo mejor y más fácil es alejarnos del dolor, de la duda, de lo inexplicable. Porque eso nos coloca en un lugar de confusión, de reflexión, de humildad, de desconocimiento. De un plumazo destartala una estantería de creencias firmemente arraigadas. Y si nos topamos con algo que amenaza con cuestionarlas, el instinto primario nos obliga a alejarnos con la mayor rapidez posible.

    Cada uno es dueño de creer en lo que quiera, y pensar que eso que cree y dice es verdadero… he escuchado todo y he intentado muchas cosas también.

    Pero estoy de a poco aprendiendo a escucharme a mí, lo que dice mi cabeza, lo que necesita mi cuerpo y lo que grita mi alma.

     Con esos impulsos son con los que me estoy moviendo… hacia donde? No lo sé. 

   Pero voy por mi camino, el que puedo, el que me sale, el que siento. 

   Ese camino que es muy mío, muy solitario e inevitablemente intransferible. 

   Con ayuda de otros? Claro que si! Con personas y personitas que me apoyan, me escuchan, me recuerdan. Quienes están ahí, cerquita respetando mis decisiones, confiando en mis pasos, sabiendo que es mi dolor y no el suyo y aún así, animándose a acercarse a un terreno complicado, que nadie elegiría voluntariamente transitar.
    
   A todos ellos estoy infinitamente agradecida.
    

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