miércoles, 17 de abril de 2013

Un hombro para llorar


     Este escrito es de agradecimiento y reconocimiento. En especial a una persona, pero en ella quiero incluir a todas y cada una de las que, a su manera y posibilidad, me han acompañado y me acompañan en este escarpado camino que es el duelo.

    Pensar en un hombre que está pasando uno de los mayores dolores y aun así, sin reclamar un sitio para expresar su pesar, me ofrezca sin dudarlo su hombro para que yo lo bañe con mis desconsoladas lágrimas, es un acto de amor incondicional que nunca había experimentado.

     Nada tiene que ver con esas imágenes de amores románticos con los que la publicidad y los cuentos de niños nos han educado. Imágenes que en el transcurso de la vida van cayendo una a una, dejándonos con una sensación (por lo menos a mí) que nos han mentido. Nos han mentido en hacernos creer que de eso se trata, que todo el cuento es en espera de un estereotipado final feliz: ella parte en brazos de un insulso príncipe azul, montados en un reluciente caballo blanco (o alguna otra movilidad más moderna dependiendo época y lugar)!

     Pero jamás nos contaron que la vida puede tornarse oscura, muy oscura, y que el alma puede llorar sin consuelo y ahí, en esa imagen, no hay en donde meter al príncipe y menos aún al blanquito caballo que nos llevará al final feliz. No, la imagen es distinta:

En una habitación cualquiera, una mujer destrozada y un hombre, también destrozado, permitiendo que el dolor salga en una mezcla de suspiros, angustia y lágrimas.

Una Habitación donde ella había soñado que tendría a su hija en brazos, donde ya había pensado como modificar la disposición de los muebles para cuando empezara a gatear, a caminar, a correr… donde él había soñado alzarla, imaginando como sería su futuro y sabiendo que haría todo para que nunca nada le faltara. Una habitación que podía ser vista en colores, aromas y sonidos.

Pero ahora la imagen está en blanco y negro, y la niña esperada no está, y los sueños de tenerla con ellos están hechos pedazos. El silencio traspasa a esos padres en duelo. Están solos.

Entonces la habitación comienza a volverse gigante, inmensa, inacabable. Y la mujer cada vez se siente más pequeña, más vacía, más débil, tan débil que parece que si no la sostienen en ese instante caerá y quién sabe si podrá volver a ponerse en pie. Y en ese exacto momento él está ahí, parado, frente a ella, con los ojos llenos de dolor.  Y ella se aferra a él para no caer, y él la abraza; y ella siente que su cuerpo pesa toneladas y él la sostiene; y él le ofrece generosamente su hombro y ella siente que puede dejar salir su pesar y, finalmente, puede llorar.
Llora larga, largamente, intensamente, cansadamente. Y su alma se libera un poco de su angustia y, quizás no se lo dice a él, pero ese hombro, ese hombre, en ese instante es lo más parecido a una salvación. Es lo que ella necesitaba, es lo que anhelaba (aunque lo que de verdad anhela no lo puede alcanzar), es lo que le dará un respiro, una tregua, un impulso para recuperar algo de fuerzas e intentar continuar.

Esa mujer de la imagen soy yo, y el hombre es mi compañero, su nombre es Miguel y es el padre de nuestra hija Mora, la pequeña y dulce Mora.

 
Agradezco una por una a todas aquellas personas que están dentro, fuera, lejos y cerca de este camino:

A aquellas que se dejaron conmover con un dolor que no le es propio, a quienes me quieren, a quienes me consideran, a quienes me escuchan, a quienes me piensan, a quienes se preguntan, a quienes no tienen (igual que yo) respuestas, a quienes no saben que decir y no dicen nada, a quienes dicen lo que creen que me ayudará, a quienes me tienen paciencia, a quienes son sinceros, a quienes darían cualquier cosa por quitarme este dolor, a quienes el recuerdo de mi hija no los incomoda, a quienes la nombran, a quienes la recuerdan, a quienes la quieren, a quienes esperaban conocerla, a quienes se animaron a llorar conmigo, a quienes quizás también lloraron y yo no lo supe, a quienes me abrazan (tan buen consuelo!) y a quienes me ofrecieron con gran valentía su hombro para llorar…

Gracias!

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