Este escrito es de
agradecimiento y reconocimiento. En especial a una persona, pero en ella quiero
incluir a todas y cada una de las que, a su manera y posibilidad, me han
acompañado y me acompañan en este escarpado camino que es el duelo.
Pensar en un hombre que
está pasando uno de los mayores dolores y aun así, sin reclamar un
sitio para expresar su pesar, me ofrezca sin dudarlo su hombro para que yo lo
bañe con mis desconsoladas lágrimas, es un acto de amor incondicional que nunca
había experimentado.
Nada tiene que ver con
esas imágenes de amores románticos con los que la publicidad y los cuentos de
niños nos han educado. Imágenes que en el transcurso de la vida van cayendo una
a una, dejándonos con una sensación (por lo menos a mí) que nos han mentido. Nos
han mentido en hacernos creer que de eso se trata, que todo el cuento es en
espera de un estereotipado final feliz: ella parte en brazos de un insulso
príncipe azul, montados en un reluciente caballo blanco (o alguna otra
movilidad más moderna dependiendo época y lugar)!
Pero jamás nos contaron
que la vida puede tornarse oscura, muy oscura, y que el alma puede llorar sin
consuelo y ahí, en esa imagen, no hay en donde meter al príncipe y menos aún al
blanquito caballo que nos llevará al final feliz. No, la imagen es distinta:
En una habitación
cualquiera, una mujer destrozada y un hombre, también destrozado, permitiendo
que el dolor salga en una mezcla de suspiros, angustia y lágrimas.
Una Habitación donde ella
había soñado que tendría a su hija en brazos, donde ya había pensado como
modificar la disposición de los muebles para cuando empezara a gatear, a
caminar, a correr… donde él había soñado alzarla, imaginando como
sería su futuro y sabiendo que haría todo para que nunca nada le faltara. Una
habitación que podía ser vista en colores, aromas y sonidos.
Pero ahora la imagen
está en blanco y negro, y la niña esperada no está, y los sueños de tenerla con
ellos están hechos pedazos. El silencio traspasa a esos padres en duelo. Están
solos.
Entonces la habitación comienza
a volverse gigante, inmensa, inacabable. Y la mujer cada vez se siente más
pequeña, más vacía, más débil, tan débil que parece que si no la
sostienen en ese instante caerá y quién sabe si podrá volver a ponerse en pie. Y
en ese exacto momento él está ahí, parado, frente a ella, con los ojos llenos
de dolor. Y ella se aferra a él para no
caer, y él la abraza; y ella siente que su cuerpo pesa toneladas y él la
sostiene; y él le ofrece generosamente su hombro y ella siente que puede
dejar salir su pesar y, finalmente, puede llorar.
Llora larga, largamente, intensamente, cansadamente.
Y su alma se libera un poco de su angustia y, quizás no se lo dice a él, pero
ese hombro, ese hombre, en ese instante es lo más parecido a una salvación. Es lo que ella
necesitaba, es lo que anhelaba (aunque lo que de verdad anhela no lo puede
alcanzar), es lo que le dará un respiro, una tregua, un impulso para recuperar
algo de fuerzas e intentar continuar.
Esa mujer de la imagen
soy yo, y el hombre es mi compañero, su nombre es Miguel y es el padre de nuestra
hija Mora, la pequeña y dulce Mora.
A aquellas que se
dejaron conmover con un dolor que no le es propio, a quienes me quieren, a
quienes me consideran, a quienes me escuchan, a quienes me piensan, a quienes
se preguntan, a quienes no tienen (igual que yo) respuestas, a quienes no saben
que decir y no dicen nada, a quienes dicen lo que creen que me ayudará, a
quienes me tienen paciencia, a quienes son sinceros, a quienes darían cualquier
cosa por quitarme este dolor, a quienes el recuerdo de mi hija no los incomoda,
a quienes la nombran, a quienes la recuerdan, a quienes la quieren, a quienes
esperaban conocerla, a quienes se animaron a llorar conmigo, a quienes quizás
también lloraron y yo no lo supe, a quienes me abrazan (tan buen consuelo!) y a
quienes me ofrecieron con gran valentía su hombro para llorar…
Gracias!

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