miércoles, 24 de abril de 2013

La cigüeña de París




    En el mes de abril de 2012 realizamos el primer viaje largo, juntos, Miguel y yo. El primero a Europa para ambos.
    Viaje extraño, con poca energía, algo inusual en mí en un viaje, mucho sueño y a la semana de viaje un gran ataque al hígado (según yo!)… vómitos y vómitos. Cada vez más irritabilidad y malhumor.
    Y yo sin sospecharlo (o sin querer sospecharlo) que habíamos viajado 3 y no 2 como pensábamos. Después de recorrer España, nos dirigimos a Francia. París nos recibió con frío y llovizna, y yo lo recorrí con vómitos y descompostura.
    Pasado un par de días decidimos ir al médico. Algunas preguntas en un español confuso, entre ella si tenía un retraso. Y sí, el retraso existía pero le echábamos la culpa al viaje, a los vuelos, etc.

Bue el consejo fue simple, tomar unas pastillitas para los vómitos y si no daban resultado hacerme un test de embarazo.

    Y eso fue lo que sucedió un par de días más y todo seguía igual. Decidimos obviar el test de embarazo e ir a lo seguro: partimos a un laboratorio clínico, por la mañana sacaron sangre y por la tarde (a las 5 de la tarde) a buscar los resultados.

    No puedo explicar los sentimientos hasta esa hora! Nervios, miedo, no querer saber ese resultado! A ver, nunca en mi vida vi el camino de la maternidad como un camino viable para mí. Lo respetaba, no me producía rechazo pero tampoco me atraía ni siquiera un poquito. Siempre pensaba: quizás más adelante sienta ganas de tener un hijo. Y así pasaban los años y mi pensamiento seguía igual.




    Pero volviendo a París… ahí estábamos los dos a las 5 en punto, mudos, sin saber que decir, que pensar, ni que sentir. Entonces me acerqué a la recepcionista y extendí el papelito con mi nombre para retirar los resultados… y me los entregó murmurando francesas palabras que no entendí.

Entonces calladamente me senté al lado de Miguel, abrí ese sobre y miré ese papel lleno de palabras y números que no podía comprender. Por un momento pensé que sería mejor esperar hasta la noche y llamar a mi hermana (que sabe francés) y cuyo esposo es médico para que me tradujesen esos resultados.
    Ahí comprendí que era una estupidez pensar que el retrasar una noticia así disminuiría la ansiedad y el temor. Esa fue la primera vez (de muchas otras que vendrían) donde tomé coraje y me enfrenté a la realidad, así, sin más vueltas, me paré, me dirigí como una autómata al mostrador y señalando el papel que tenía en mi mano, pregunté (en un dudoso inglés (español y francés descartado!)): I don´t understand! Esa mujer ahí parada me miró, sonrió, levantó sus cejas (nunca me podré olvidar) y con un gesto de “esto es obvio” (y obviamente digno de alegría) respondió: Yes! You have a baby!
Ohhhh dios mío! Hoy, desde hace exactamente un año que me pregunto qué cara habré puesto!!  Supongo que palidecí, y la incredulidad se apoderó de mí. Simplemente tomé el papel de sus manos y sin pronunciar una sola palabra, di media vuelta y caminé sin sentir nada, absolutamente nada hasta volver a sentarme al lado de Miguel.

Ahí, como pude, le dije que esos resultados informaban sin ningún preámbulo que seríamos padres. Permanecimos un rato mudos, quietos sin poder creerlo.


    Finalmente salimos, por mi parte necesitaba salir, caminar, comprender. Contra cualquier pronóstico yo estaba tranquila, estupefacta, pero tranquila. Según la descripción del único testigo de ese momento, yo “parecía hasta contenta”.



París festejó (más que nosotros) ese momento. Por primera vez en varios días el sol salió. Para iluminar a la ciudad de la cigüeña y a nuestras confundidas personas. Nos abrazamos, seguimos callados caminando sin rumbo por la Ciudad Luz.


    Esa noche en la soledad de mi misma, en la soledad que ya no era soledad, mi razón y mi alma comenzaron a transformarse y a abrirse a lo nuevo, a lo desconocido, al viaje más revelador que hubiese hecho en vida.
    En esa intimidad por alguna razón que en ese momento no comprendí, mi corazón prometió a ese ser que me elegía que la/o querría y cuidaría por el tiempo que estuviese conmigo. Por mucho tiempo sentí culpa por esa frase, no la había elegido voluntariamente, simplemente había surgido. Mi mente cuestionaba esas palabritas extrañas “por el tiempo que estuviese conmigo”… una madre no debería pronunciar un “para siempre”??


    Quien sabe… la vida es más misteriosa de lo que imaginamos. Esas palabras salieron por algún motivo, o quizás no, simplemente salieron, nunca lo sabremos.


    Pero a un año de aquel momento, sé que esta noche me acostaré pensando que todo es verdad y mentira, o quizás no sea ni lo uno ni lo otro, quizás las cosas simplemente "son" y nada más.

    Este transitar de 7 meses con mi niña dentro mío y casi el mismo tiempo con mi pequeña en algún lugar al cual no puedo acceder, me ha hecho pensar que todo tiene un propósito. O no. Que todo es por algo. O no. Que Dios sabe lo que hace. O no. Que todo fue lo que yo necesitaba para aprender. O no.  No lo sabemos.  

   Lo único que se, es que mi pequeña me abrió un camino, diferente, desconocido, increíblemente transformador para mí. Que aprendí a amar a un ser que mis ojos aún no podían ver, que cada movimiento (y fueron muchos) de ella dentro mío, me recordaban que ya no era yo sola, ni en mis decisiones, ni en mis sueños, ni en mis pensamientos. Eramos 2, y eramos una a la vez, unidas, fundidas, presentes.

   Te agradezco Morita tu presencia, tu inquieta presencia en mi vida y en la vida de quienes pudieron y quisieron hacerte parte de la de ellos.

   Gracias Morita, GRACIAS!!






No hay comentarios:

Publicar un comentario