miércoles, 29 de mayo de 2013

A veces, sólo a veces...


    Comparto un escrito encontrado en internet, que representa bastante fielmente esos momentos (o días, o meses) en los cuales siento una imperiosa necesidad de alejarme, de retraerme, de irme hacia adentro, de enmudecer...


 "A veces, sólo a veces...
 Retirarse no es rendirse,
 ni estar en contra es agredir.
 Cambiar no es hipocresía
 y derrumbar no es destruir.
 Estar a solas no es apartarse,
 y el silencio no tener qué decir.
 Quedarse quieto no es por pereza,
 ni cobardía es sobrevivir.
 Sumergirse no es ahogarse,
 ni retrocedes para huir.
A veces, sólo a veces...
 Hace falta lograr soltarse,
 izar las velas, abandonarse,
 dejar que fluya, que el viento cambie,
 cerrar los ojos y enmudecer."

KARESANSUI




lunes, 27 de mayo de 2013

Sólo quien...



"Sólo quien ha visto 
las oscuras nubes 
puede mesurar 
el azul del cielo. 
Sólo quien ha estado 
a solas en la orilla 

aprende a preguntar 
donde están los puentes. 
Sólo quien la soledad 
ha respirado 
puede deleitarse con la sonora turbulencia 
del firmamento. 
Sólo quien ha atravesado 
los silenciosos valles del sufrimiento 
puede deleitarse 
del desierto."


Hermann Traub



viernes, 17 de mayo de 2013

Voces consejeras





Dios lo quiso así.
Mejor ahora que más adelante.
Tenés que ser fuerte.
Leer la Biblia te hará bien.
Tenés que pensar que fue lo mejor.
El próximo (embarazo?) será.
Hay cosas mil veces peores.
No preguntes porqué si no para qué.
Hay que ir al centro del dolor.
Está en un lugar mejor.
Ahora tenés un ángel que te cuida.
Tenés que estar bien.
Tenés que llorar.
Yo en tu lugar haría… (!!)
El trabajo, estudio, actividad, etc, te hará bien.
Tenés que hacer terapia.
Tenés que recordar.
Mejor no pienses.
Tenés que distraerte.
Sos joven (??)
Yo te entiendo. Cuando se murió mi mamá… mi gato…cuando me separé…
Tenés que hablarle, sentirla, soñarla.
La vida te va a compensar.
Dios sabe lo que hace.
Todas las embarazadas deberían estar preparadas para esto.
Era algo que ya habían convenido las almas.
Por algo será.
Vos sos fuerte.
Te veo bien.



    Independientemente del dolor y la confusión que pueden producir muchos de estos dichos, me sorprendió sobre todo la seguridad con que fueron expresados. Todas fueron afirmaciones, no hubo un “yo creo”, “yo deseo”, o un (para mí ahora muy respetado) “no lo sé”. Parecía como si tuviesen la certeza que era así, de esa manera, a pesar de no haber vivido la muerte de un hijo, todas las personas sabían exactamente que había que hacer y que respuesta dar.

    Parecía que no había duda, todos (menos yo) encontraron rápidamente (demasiado rápidamente) una respuesta, un camino a seguir, una solución (como si la muerte de un hijo fuese un problema a resolver!). 
    
    Y creo que sí, un problema había… el problema de que no queremos enfrentarnos a algo tan doloroso, que creemos que lo mejor y más fácil es alejarnos del dolor, de la duda, de lo inexplicable. Porque eso nos coloca en un lugar de confusión, de reflexión, de humildad, de desconocimiento. De un plumazo destartala una estantería de creencias firmemente arraigadas. Y si nos topamos con algo que amenaza con cuestionarlas, el instinto primario nos obliga a alejarnos con la mayor rapidez posible.

    Cada uno es dueño de creer en lo que quiera, y pensar que eso que cree y dice es verdadero… he escuchado todo y he intentado muchas cosas también.

    Pero estoy de a poco aprendiendo a escucharme a mí, lo que dice mi cabeza, lo que necesita mi cuerpo y lo que grita mi alma.

     Con esos impulsos son con los que me estoy moviendo… hacia donde? No lo sé. 

   Pero voy por mi camino, el que puedo, el que me sale, el que siento. 

   Ese camino que es muy mío, muy solitario e inevitablemente intransferible. 

   Con ayuda de otros? Claro que si! Con personas y personitas que me apoyan, me escuchan, me recuerdan. Quienes están ahí, cerquita respetando mis decisiones, confiando en mis pasos, sabiendo que es mi dolor y no el suyo y aún así, animándose a acercarse a un terreno complicado, que nadie elegiría voluntariamente transitar.
    
   A todos ellos estoy infinitamente agradecida.
    

Las caras de una misma moneda



    Nunca pensé que separar la vida de la muerte fuera tan difícil.
Es el “otro” el que se muere, yo aún no.
Es el “otro” quien vive días/meses/años y después le llega la muerte.
    Era así, con esos pensamientos, que transitaba mi camino hasta ese inesperado momento en que la Vida se transformó en muerte y lo más precioso que me habitaba partió… pronto…demasiado pronto.

    Porque lo que me habitaba, aún no era “otro”… hasta ese momento... era yo!
O era un “otro”(otra en este caso) dentro mío, en mí. Y no sólo en mi cuerpo, también en mis sueños, en mi corazón, en mis deseos.
Y todo eso partió. Partió mi pequeña, cuerpo de mi cuerpo, y con ella pedazos rotos de mis sueños, de mis deseos y de mi corazón. Sólo quien vive la muerte de su bebé sabe que es literal “una parte de la madre muere con ese bebé”. No es ninguna metáfora romántica, es la crudeza de lo literal.

    Hay veces en la Vida que el orden de los factores “sí" afecta el resultado. Y cuánto!!
Crecimos creyendo que hay una fórmula lógica: primero se nace, luego se vive y finalmente se muere. Pero como en todo hay excepciones y de repente esa excepción, esa pesadilla que nunca uno se atrevió ni siquiera a pensar, se hace realidad.
     
    Uno se encuentra con que ese ser que se ha transformado en lo más importante de tu vida le toca transitar por un camino diferente… primero vive, después  muere y recién entonces nace. Y no hay manera de comprenderlo, de asirlo, de poder asimilarlo para seguir caminando en este mundo que indiferentemente sigue girando.

    Nunca pensé que el evento más revelador y bello a la vez sería el más doloroso y desgarrador. Porque no puedo separarlo. Nuestros casi 7 meses juntas llenos de mil emociones diarias y ese terrible instante donde no supe que sentir, bloqueada, shockeada, sumida en el vacío más grande y en la más honda soledad.  Tengo que intentar tomarlo como viene, como es, como fue. Hermoso y doloroso. Esos casi siete meses que Morita me acompañó y ese eterno e inesperado día en que por algún desconocido motivo su corazoncito tuvo que dejar de latir, están juntos. Vida y muerte, juntas.

    Son dos caras de una misma moneda… una moneda que giiiiraaaa incansablemente. Y a veces me muestra una cara y después la otra. Y me lleno de alegría y después de tristeza. Y me siento plena y después vacía. Y mi corazón se llena de amor, un amor que jamás había experimentado y después miles de sentimientos que sólo quienes han pasado por un duelo así pueden comprender. Hay momentos que esa moneda gira tan rápidamente que ni distingo que es lo que siento, es un torbellino de emociones que me dejan sin fuerza, alterada y deseando profundamente despertar de este mal sueño.
 
    Quisiera separarlas, bien separadas, tanto como para que una de esas caras desapareciera. Entonces habría menos dolor en mi alma y más alegría en mi camino porque mi pequeña estaría en mis brazos…
 
    Pero la moneda sigue y sigue girando, mostrando sus dos caras, una tras otra, y mis brazos siguen vacíos. Y mis ojos y mi alma dolidos de tanto querer y no poder llorar.

miércoles, 24 de abril de 2013

La cigüeña de París




    En el mes de abril de 2012 realizamos el primer viaje largo, juntos, Miguel y yo. El primero a Europa para ambos.
    Viaje extraño, con poca energía, algo inusual en mí en un viaje, mucho sueño y a la semana de viaje un gran ataque al hígado (según yo!)… vómitos y vómitos. Cada vez más irritabilidad y malhumor.
    Y yo sin sospecharlo (o sin querer sospecharlo) que habíamos viajado 3 y no 2 como pensábamos. Después de recorrer España, nos dirigimos a Francia. París nos recibió con frío y llovizna, y yo lo recorrí con vómitos y descompostura.
    Pasado un par de días decidimos ir al médico. Algunas preguntas en un español confuso, entre ella si tenía un retraso. Y sí, el retraso existía pero le echábamos la culpa al viaje, a los vuelos, etc.

Bue el consejo fue simple, tomar unas pastillitas para los vómitos y si no daban resultado hacerme un test de embarazo.

    Y eso fue lo que sucedió un par de días más y todo seguía igual. Decidimos obviar el test de embarazo e ir a lo seguro: partimos a un laboratorio clínico, por la mañana sacaron sangre y por la tarde (a las 5 de la tarde) a buscar los resultados.

    No puedo explicar los sentimientos hasta esa hora! Nervios, miedo, no querer saber ese resultado! A ver, nunca en mi vida vi el camino de la maternidad como un camino viable para mí. Lo respetaba, no me producía rechazo pero tampoco me atraía ni siquiera un poquito. Siempre pensaba: quizás más adelante sienta ganas de tener un hijo. Y así pasaban los años y mi pensamiento seguía igual.




    Pero volviendo a París… ahí estábamos los dos a las 5 en punto, mudos, sin saber que decir, que pensar, ni que sentir. Entonces me acerqué a la recepcionista y extendí el papelito con mi nombre para retirar los resultados… y me los entregó murmurando francesas palabras que no entendí.

Entonces calladamente me senté al lado de Miguel, abrí ese sobre y miré ese papel lleno de palabras y números que no podía comprender. Por un momento pensé que sería mejor esperar hasta la noche y llamar a mi hermana (que sabe francés) y cuyo esposo es médico para que me tradujesen esos resultados.
    Ahí comprendí que era una estupidez pensar que el retrasar una noticia así disminuiría la ansiedad y el temor. Esa fue la primera vez (de muchas otras que vendrían) donde tomé coraje y me enfrenté a la realidad, así, sin más vueltas, me paré, me dirigí como una autómata al mostrador y señalando el papel que tenía en mi mano, pregunté (en un dudoso inglés (español y francés descartado!)): I don´t understand! Esa mujer ahí parada me miró, sonrió, levantó sus cejas (nunca me podré olvidar) y con un gesto de “esto es obvio” (y obviamente digno de alegría) respondió: Yes! You have a baby!
Ohhhh dios mío! Hoy, desde hace exactamente un año que me pregunto qué cara habré puesto!!  Supongo que palidecí, y la incredulidad se apoderó de mí. Simplemente tomé el papel de sus manos y sin pronunciar una sola palabra, di media vuelta y caminé sin sentir nada, absolutamente nada hasta volver a sentarme al lado de Miguel.

Ahí, como pude, le dije que esos resultados informaban sin ningún preámbulo que seríamos padres. Permanecimos un rato mudos, quietos sin poder creerlo.


    Finalmente salimos, por mi parte necesitaba salir, caminar, comprender. Contra cualquier pronóstico yo estaba tranquila, estupefacta, pero tranquila. Según la descripción del único testigo de ese momento, yo “parecía hasta contenta”.



París festejó (más que nosotros) ese momento. Por primera vez en varios días el sol salió. Para iluminar a la ciudad de la cigüeña y a nuestras confundidas personas. Nos abrazamos, seguimos callados caminando sin rumbo por la Ciudad Luz.


    Esa noche en la soledad de mi misma, en la soledad que ya no era soledad, mi razón y mi alma comenzaron a transformarse y a abrirse a lo nuevo, a lo desconocido, al viaje más revelador que hubiese hecho en vida.
    En esa intimidad por alguna razón que en ese momento no comprendí, mi corazón prometió a ese ser que me elegía que la/o querría y cuidaría por el tiempo que estuviese conmigo. Por mucho tiempo sentí culpa por esa frase, no la había elegido voluntariamente, simplemente había surgido. Mi mente cuestionaba esas palabritas extrañas “por el tiempo que estuviese conmigo”… una madre no debería pronunciar un “para siempre”??


    Quien sabe… la vida es más misteriosa de lo que imaginamos. Esas palabras salieron por algún motivo, o quizás no, simplemente salieron, nunca lo sabremos.


    Pero a un año de aquel momento, sé que esta noche me acostaré pensando que todo es verdad y mentira, o quizás no sea ni lo uno ni lo otro, quizás las cosas simplemente "son" y nada más.

    Este transitar de 7 meses con mi niña dentro mío y casi el mismo tiempo con mi pequeña en algún lugar al cual no puedo acceder, me ha hecho pensar que todo tiene un propósito. O no. Que todo es por algo. O no. Que Dios sabe lo que hace. O no. Que todo fue lo que yo necesitaba para aprender. O no.  No lo sabemos.  

   Lo único que se, es que mi pequeña me abrió un camino, diferente, desconocido, increíblemente transformador para mí. Que aprendí a amar a un ser que mis ojos aún no podían ver, que cada movimiento (y fueron muchos) de ella dentro mío, me recordaban que ya no era yo sola, ni en mis decisiones, ni en mis sueños, ni en mis pensamientos. Eramos 2, y eramos una a la vez, unidas, fundidas, presentes.

   Te agradezco Morita tu presencia, tu inquieta presencia en mi vida y en la vida de quienes pudieron y quisieron hacerte parte de la de ellos.

   Gracias Morita, GRACIAS!!






martes, 23 de abril de 2013

Pequeña y dulce Morita


Hermoso poema regalado por Paulita, compañera, amiga y hermosa persona. Me emocionó, nos emocionó a todos quienes lo leímos y nos dejamos conmover.
Gracias Paulita!! por recordarla, por nombrarla, por quererla!! Creo que las madres deseamos esto... que sus hijos sean reconocidos y queridos. Donde quiera que ellos estén!!

miércoles, 17 de abril de 2013

Un hombro para llorar


     Este escrito es de agradecimiento y reconocimiento. En especial a una persona, pero en ella quiero incluir a todas y cada una de las que, a su manera y posibilidad, me han acompañado y me acompañan en este escarpado camino que es el duelo.

    Pensar en un hombre que está pasando uno de los mayores dolores y aun así, sin reclamar un sitio para expresar su pesar, me ofrezca sin dudarlo su hombro para que yo lo bañe con mis desconsoladas lágrimas, es un acto de amor incondicional que nunca había experimentado.

     Nada tiene que ver con esas imágenes de amores románticos con los que la publicidad y los cuentos de niños nos han educado. Imágenes que en el transcurso de la vida van cayendo una a una, dejándonos con una sensación (por lo menos a mí) que nos han mentido. Nos han mentido en hacernos creer que de eso se trata, que todo el cuento es en espera de un estereotipado final feliz: ella parte en brazos de un insulso príncipe azul, montados en un reluciente caballo blanco (o alguna otra movilidad más moderna dependiendo época y lugar)!

     Pero jamás nos contaron que la vida puede tornarse oscura, muy oscura, y que el alma puede llorar sin consuelo y ahí, en esa imagen, no hay en donde meter al príncipe y menos aún al blanquito caballo que nos llevará al final feliz. No, la imagen es distinta:

En una habitación cualquiera, una mujer destrozada y un hombre, también destrozado, permitiendo que el dolor salga en una mezcla de suspiros, angustia y lágrimas.

Una Habitación donde ella había soñado que tendría a su hija en brazos, donde ya había pensado como modificar la disposición de los muebles para cuando empezara a gatear, a caminar, a correr… donde él había soñado alzarla, imaginando como sería su futuro y sabiendo que haría todo para que nunca nada le faltara. Una habitación que podía ser vista en colores, aromas y sonidos.

Pero ahora la imagen está en blanco y negro, y la niña esperada no está, y los sueños de tenerla con ellos están hechos pedazos. El silencio traspasa a esos padres en duelo. Están solos.

Entonces la habitación comienza a volverse gigante, inmensa, inacabable. Y la mujer cada vez se siente más pequeña, más vacía, más débil, tan débil que parece que si no la sostienen en ese instante caerá y quién sabe si podrá volver a ponerse en pie. Y en ese exacto momento él está ahí, parado, frente a ella, con los ojos llenos de dolor.  Y ella se aferra a él para no caer, y él la abraza; y ella siente que su cuerpo pesa toneladas y él la sostiene; y él le ofrece generosamente su hombro y ella siente que puede dejar salir su pesar y, finalmente, puede llorar.
Llora larga, largamente, intensamente, cansadamente. Y su alma se libera un poco de su angustia y, quizás no se lo dice a él, pero ese hombro, ese hombre, en ese instante es lo más parecido a una salvación. Es lo que ella necesitaba, es lo que anhelaba (aunque lo que de verdad anhela no lo puede alcanzar), es lo que le dará un respiro, una tregua, un impulso para recuperar algo de fuerzas e intentar continuar.

Esa mujer de la imagen soy yo, y el hombre es mi compañero, su nombre es Miguel y es el padre de nuestra hija Mora, la pequeña y dulce Mora.

 
Agradezco una por una a todas aquellas personas que están dentro, fuera, lejos y cerca de este camino:

A aquellas que se dejaron conmover con un dolor que no le es propio, a quienes me quieren, a quienes me consideran, a quienes me escuchan, a quienes me piensan, a quienes se preguntan, a quienes no tienen (igual que yo) respuestas, a quienes no saben que decir y no dicen nada, a quienes dicen lo que creen que me ayudará, a quienes me tienen paciencia, a quienes son sinceros, a quienes darían cualquier cosa por quitarme este dolor, a quienes el recuerdo de mi hija no los incomoda, a quienes la nombran, a quienes la recuerdan, a quienes la quieren, a quienes esperaban conocerla, a quienes se animaron a llorar conmigo, a quienes quizás también lloraron y yo no lo supe, a quienes me abrazan (tan buen consuelo!) y a quienes me ofrecieron con gran valentía su hombro para llorar…

Gracias!